Viva el desorden

Hasta el moño de Marie Kondo

Esto del orden está muy bien y hasta ahora había sido más o menos defensora de los métodos de Marie Kondo, pero… ya no puedo más. ¡Estoy harta y quiero volver a mi desorden!

mujer cajas ordenar Marie Kondo

Tengo que decirlo, porque ya no puedo más: estoy hasta el moño de Marie Kondo. Podrida. Saturada. ¡Har-ta! Porque no creáis, lo he intentado. Juro que lo he intentado. Pero me harté. Ya no puedo más del bombardeo de todas las revistas (incluida esta) llamándonos al orden, a unos armarios perfectos, pulcros, ¡vacíos! Y a una vida donde solo tenga cabida lo que “nos hace felices”. Pues mire usted, señora Kondo, amo mi desorden, amo las cosas (y la ropa, por favor, la ropa) que he atesorado, y tratar de imitarla solo me ha llevado a convertirme en una versión manchega de usted. Pues sí. Se acabó. No lucho más, y he aquí las ventajas que le veo al desorden y al atesoramiento:

Lo primero, esto es España

No somos ni japoneses, discretos y minimalistas, ni franceses, que se dicen sin levantar la voz hasta las cosas más terribles (como “Ya no te quiero” o el peor “Has engordado, mon cherie”). Aquí gritamos y atesoramos. Por algo, hace nada (nuestra madre, nuestras tías y abuelas) vivieron una guerra y una posguerra. Y todo se guarda “porsi”. Vale, en Japón también hubo guerra, pero a mí, mi idiosincrasia y mis porsi, no me los quita nadie.

No eres Marie Kondo. Quiérete y acéptate, con tu desorden

El desorden tiene su rollo

Los desordenados y acumuladores somos gente que sabe improvisar, siempre te podemos sorprender. ¡No necesitamos que todo esté encorsetado y ordenado! Vaya aburrimiento. Sabemos adaptarnos. No nos agobiamos con montañas. ¿Sabéis la de tesoros que hay en mi armario? Abrimos sus puertas y hay un mundo por descubrir, ¡no cuatro camisetas de nada!

El atesoramiento te recuerda tu historia

Pues sí: cada objeto nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. No necesitamos solo “aquella prenda que nos hace felices”. ¿Perdona? Harta estoy también de los Mr. Happiness y un mundo que solo quiere sonrisitas y “disfrutar”. ¡Vaya patraña! La vida son sonrisas, pero también lágrimas, como dijo la sabia Julie Andrews. Y yo amo mis penas y mis camisetas viejas, señora Kondo.

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El desorden es sexy

O dicho de otra manera: tanto orden da un poco de miedo. Unos armarios tan pulcros, esos cajones con ropa interior tan bien dobladita, tan en su sitio, solo pueden conducir a hombres (y mujeres) como el prota de Mejor imposible, un obsesivo compulsivo, no me lo podéis negar. En cambio, un cajón con variedad (y cantidad) nos abre infinitud de sugerentes posibilidades. ¿He de tirar esa lencería sexy si no la he usado hace dos años, según sus normas? Me niego. Verla ahí me hace sentir especial.

No nos mentimos a nosotros mismos

Yo lo he intentado, lo juro. Pero para empezar, confieso que me queda regular. Mis cajones con las camisetas verticales son dignos de un post de desastres por tratar de imitar a Marie Kondo. Como las recetas que no te quedan como en internet, pero en plan jerséis mal apiñados. Por eso propongo, en lugar de acabar convertidas en la versión manchega de Kondo, ser una mujer al borde de un ataque de bragas, ser honradas: no somos Marie Kondo. Somos quienes somos. Quiérete y acéptate, con tu desorden y tu atesoramiento. Y punto.

No derrochamos

Creo que el método de tirar lo que no queremos es una cultura muy fácil. Estamos todo el día quejándonos de la nueva cultura de usar y tirar: las relaciones, la comida, ¡la ropa! Todo es take away y consumista. Y Marie incita a ello. Sí, sí, no me digáis que me he pasado de rosca, porque no. Si lo que no uso, lo tiro a la basura, en realidad estoy derrochando. ¿Es que somos millonarias todas acaso? No lo somos. Y el que guarda siempre tiene. Sabiduría popular en estado puro.

La norma que no voy a tolerar bajo ningún concepto es aquella de “Si algo entra, algo tiene que salir”. Si me compro unas botas, ¿tiro otras? Señora Kondo, ¿quién es usted para decidir el destino de mis botas y mis objetos? Os llamo a la rebelión. A amar vuestras cosas y vuestro desorden. Eso sí que nos hará libres. Y no unos cajones tan vacíos que dan pena.

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