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"Olor a merengue y vainilla", relato de Ana Isabel García

Este es uno de los relatos románticos ganadores del mes de diciembre.

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Merengue y mantequilla relato diciembre

Todo comenzó un día de final del otoño. Aquel día me levanté melancólica, pensando que no me gustaba mi vida, que no llevaba la vida que realmente quería. La frustración y el miedo se apoderaron de mi persona. tenía 40 años y no me sentía bien conmigo misma, ¿sería la crisis de los 40 ?

Comencé a pensar y me di cuenta de que no era tan mayor y tenía muchas cosas por hacer todavía. No tenía pareja, no tenía hijos, no me agradaba mi estresante trabajo. ¿Qué iba a hacer para solucionar mis problemas? Mi vida era levantarme e ir al trabajo, que me ocupaba todo el día porque entre la jornada laboral y los largos desplazamientos que tenía que hacer prácticamente no tenía tiempo para nada más.

A diario llegaba a casa ya de noche y estaba tan agotada que me metía a la cama al poco rato. No tenía tiempo para alternar con amigos; de hecho, no tenía amigos, los había perdido a todos. Mi pequeño piso y mis libros eran toda mi vida. Mis padres ya no existían, los había perdido siendo adolescente; primero a mi madre, luego a mi padre, el pobrecito se murió de pena. Me quede sola en la vida, sin hermanos, sin familia. Desde ese día me convertí en un ser solitario, miedoso, y ese miedo no me dejó hacer realmente lo que quería.

Tenía que hacer algo para cambiarlo todo, para tener una vida más alegre, para tener un trabajo mejor, para quizás algún día conocer a alguien que me llenara el alma.

Hablé con mi jefe y me despedí de mi tedioso trabajo. Luego algo me empujó a comprar un billete de avión a un lugar de Francia. No sabía si aquello me iba a gustar pero me emocionaba iniciar una nueva aventura. Cogí una mochila y un bolso de viaje con ropa de abrigo y algo de aseo. Llegué en metro al aeropuerto de mi ciudad. Faltaban dos horas para que saliera mi vuelo, dos horas para comenzar una nueva vida, dos horas para, por fin, tener algo que contar.

Llegué a mi destino, eran las siete de la tarde y cogí un taxi para llegar al centro de la ciudad. Allí me encontré con una ciudad preciosa, toda iluminada con luces navideñas. Ese día habían inaugurado el mercadillo de Navidad del centro histórico. Nunca había estado en un lugar tan bonito. La gente tomaba vino especiado caliente, con salchichas y las familias hacían las primeras compras de Navidad. Aquello me subió el ánimo al instante.

Ahora solo tenía que conseguir habitación para pasar la noche. Me quedé mirando una bonita casa de esas con travesaños de madera. Una linda niña rubia me cogió de la mano y me hizo seguirla por una escalera muy empinada. Tocó el timbre y salió una señora mayor muy sonriente. Como pude, me entendí con aquella mujer, dado que no dominaba demasiado el idioma. Aquella señora me ofreció una habitación muy acogedora a un precio muy razonable.

Mi casera, se llamaba Amelie, era blanca como el merengue y olía a flan de vainilla. Darle un beso fue como entrar en un mundo desconocido para mí. Me fui a dormir enseguida, estaba agotada del viaje y a la vez excitada por las nuevas emociones. ¿Podría conseguir un trabajo allí? Dormí diez horas seguidas. A la mañana siguiente me despertó un apetito voraz y un delicioso olor a pasteles recién hechos. Me vestí y me adecenté lo mejor que pude, pues quería causarle buena impresión a mi amiga Amelie.

Cuando entré al comedor vi una mesa perfectamente dispuesta con platos y cestas llenos de elaboraciones ideales para un dulce y nutritivo desayuno. Amelie y yo compartimos aquel delicioso desayuno. En aquel momento supe que haría lo posible por quedarme en aquella preciosa ciudad, por quedarme en aquella casa junto Amelie. Esta mujer solo con una mirada me daba todo el amor que yo había necesitado, aquella abuelita llenaba mi corazón. Mi nueva amiga me llevó con ella y me presentó a varios comerciantes de la zona.

En poco tiempo ya tenía un trabajo y estaba vendiendo alegremente árboles de Navidad y adornos navideños. Mi jefe era un hombre de mediana edad, pronto supo que a mí me gustaba ir a mi aire y me dejo que adornara a mi antojo su negocio. Como por arte de magia, aquel hombre cuadruplicó sus ventas aquel día. Parecía que los clientes compraban todo aquello que yo adornaba.

Al regresar por la tarde a casa, la sonrisa no me cabía en la cara. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, con aquel trabajo, que despertaba mi creatividad, en aquella ciudad acogedora y con Amelie, que era la abuela que nunca tuve, era feliz. El tiempo pasaba rápido viviendo allí, entonces comprendí que estaba aprendiendo a quererme y a valorarme a mí misma.

Cuando llegó la primavera, yo seguía trabajando en aquella tiendecita, con mi jefe y buen amigo, Armande. Yo estaba pletórica porque estaba preparando las decoraciones para la Pascua, pintando huevos, vistiendo conejos y pollos. Al llegar aquel día a casa, al abrir la puerta, había un invitado especial, el nieto de mi casera, venido de lejos como yo. Unos enormes ojos azul oscuro me miraron, mi mirada se quedó clavada en su mirada. Entonces entendí todo, comprendí que había tenido que hacer aquel viaje para encontrarlo a él. Ahora después de 20 años, sigo sintiendo su mirada de océano a mi lado.

Gracias por leer esta historia que me ha evocado la Navidad y el amor.

Ana Isabel García Gargallo

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