Relatos breves de todas las temáticas

Escribe a CLARA: todos los relatos ganadores

Cada mes elegimos el mejor relato escrito por una de nuestras lectoras. Aquí te traemos todas estas historias cargadas de emoción y reflexión que no podrás parar de leer.

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Relatos cortos seguidoras de CLARA
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Desde septiembre de 2019, cada mes nuestras lectoras más creativas nos envían sus relatos. De todos los que recibimos, elegimos uno que se publica en nuestra revista y se lleva un premio. ¡Siempre encontramos historias que nos fascinan! Para que puedas disfrutar de todo este talento, hemos hecho un recopilatorio con los relatos ganadores que iremos actualizando cada mes.

¿Quieres participar? ¡Te contamos cómo! Después de un año lleno de maravillosas historias de amor, ahora queremos leer historias en las que la mujer sea la protagonista, de la manera que queráis. Convocamos el relato CLARA junto a Woman’s Soul, un proyecto de Susana Pino que da voz a mujeres que quieren compartir sus experiencias, reflexiones y opiniones, y de esta manera aprender unas de otras. 

Aquí tienes toda la información: clara.es/relatos.

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Guerreras

Guerreras

Cierro la puerta del hotel con mucho cuidado, como si estuviera desactivando una bomba. Dejo a toda la familia dormida y bajo a desayunar para disfrutar de un momento de paz. Es primera hora de la mañana en una tasca canaria de las de toda la vida y hoy me he dado cuenta de que solo estamos mujeres. La camarera, que ha estudiado filología, sabe cuatro idiomas y está ahorrando para irse a EEUU en septiembre a hacer un máster. En la mesa de al lado dos señoras de la generación que se ha dejado la piel trabajando hablan de cómo están saliendo sus familias de la crisis. Una cuida cinco nietos y la otra a sus padres enfermos. Detrás una madre con una niña de unos tres años habla por teléfono con su madre y se organiza para empezar a trabajar a tiempo parcial dentro de un mes, deduzco que es arquitecta. En la calle una jardinera recorta el seto y nos saluda a todas con una gran sonrisa. Suena mi móvil, es mi hermana que sale del turno de noche en el hospital. Al fondo tres adolescentes riéndose de todo como corresponde a su edad. Durante un rato hablan de las asignaturas que cursarán en bachillerato, una de ellas defiende a capa y espada la filosofía, el latín y el griego mientras las otras se lo rebaten. Las miro pensando que la regeneración está servida y que todas juntas somos el gran activo de este país. Mujeres guerreras en estado puro que, en momentos de tensión, saben sacar la artillería y remontar como han hecho sus madres, sus abuelas y las abuelas de sus abuelas.

Martina Rincón, octubre 2021

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El beso. Relato CLARA agosto

El beso

Entonces me quité la mascarilla y besé su frente y su cara cien veces. Ya sería la última. Meses atrás abría la puerta cada viernes y, con distancia, miraba sus ojos grises y arrugados. Me esperaba semana a semana, así todos los viernes. Que cómo estás, si te duele esto o aquello, si te doy un masaje... pero con distancia. No me quito la mascarilla. Damos un paseo cogidas del brazo, siento su proximidad pero me da miedo que sea demasiada... Que trabajo con niños. El aire fresco en la cara. Estoy suficientemente lejos, puedes bajarla. Veo sus labios y su sonrisa triste. ¿Qué cuándo se acaba esto? No sé contestar. Miento. ¿Hacemos la comida? No me la quito que la cocina es muy chica. Ahora después lo hago, cuando estemos en la mesa y abra la ventana. Me acuesto que estoy cansada. No lo hagas tú, le digo, ya te besaré yo en el pelo, con distancia. Así es más seguro. Aquel día me acosté yo antes, sentí el sonido de unos golpes suaves y constantes que identifiqué como el bastón al aproximarse y el arrastre de unos pies hacia mi cama. "Ahora te lo doy yo que estás durmiendo". Y como un furtivo tras su presa cogió mi cara y pelo y me besó con delicadeza para no despertarme, como si de una niña se tratara... Se me encogió el alma saber que mi madre tenía que robarme un beso. No me moví. La dejé hacer y sentí cómo se iba. Se fue yendo poco a poco y a las puertas de la primavera le devolví todos los besos que le debía y que ella ya no pudo darme.

Concepción Romero Flores, septiembre 2021

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Gracias. Relato CLARA agosto

Gracias

Quizás es tarde para contar cómo me sentí aquella mañana de viernes. Quizás no cambie la idea del destino en muchas personas. Pero... Quizás sí. Ese viernes, como cada mañana, acudía a pasar consulta en mi gabinete de odontología cuando Carmina me vio. Me contó que tenía 80 años. Que tenía 7 hijos por el mundo, que apenas los veía y que vivía ella sola en el pueblo. Me avisó que venía aterrada. En su época acudir al dentista era el peor de los infiernos. Después de acabar la consulta, me cogió con su mirada a dos metros de distancia y simplemente me dijo "gracias" con sus ojos verdes encharcados. Ese gracias, llegó a mí como una flecha directa al corazón y con un tapón en mi garganta me di cuenta de que el destino había puesto a Carmina en mi camino para aprender que la vida pasa muy rápido y que hay que aprovecharla. Que no merece la pena que determinadas tonterías se lleven tu energía. A veces en la vida, no hace falta más que un simple "GRACIAS". Y caí en que nunca sabes quien te va a cambiar el día. Para Carmina acudir a mi consulta y salir sin "sufrir" se había convertido en un subidón de alegría, de esperanza... Para mí, en la satisfacción que necesitaba para cambiar ese viernes que había empezado con pocas ganas, humor y moral baja. A todas las mujeres como Carmina que habéis dado vida, creado un mundo diferente y sabéis como motivar con una simple palabra. Por vosotras merece la pena seguir adelante.

Belén Díaz López, septiembre 2021

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Éloise. Allá por 2020. Relato CLARA agosto

Éloise. Allá por 2020.

Nos conocíamos y hablábamos de vez en cuando. Lo normal siendo vecinas. Me la encontraba en el metro, en una tienda, en el portal...Nos separaban cuarenta años. Y confinadas, empecé a subir cada semana a hablar con ella. Desde el rellano, charlábamos de todo un poco: de su infancia en Francia, de sus hijos y sus nietos, de mi trabajo y mis proyectos...Éloise agradecía mis visitas. Y de repente, me di cuenta de que era yo la que esperaba con ilusión nuestra cita semanal, contenta de saber que detrás de esa puerta, alguien me esperaba.

Elena García Ruiz, septiembre 2021

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Solidaridad. Sororidad.

Solidaridad. Sororidad.

Su piel parecía áspera y fría. Su mirada estaba perdida y se dirigía a la nada en aquella impersonal sala de espera. Sus manos enredaban de forma monótona y nerviosa un hilo que se había escapado de su chaqueta blanca e impoluta y el tic tac del reloj de aquel lugar sin vida parecía ponerla un poco más nerviosa cada segundo. Me acerqué y me senté a su lado, respiré profundamente y apreté su mano. No se sorprendió, no hizo ademán de retirarse.

Pasaron unos minutos, no sé cuántos. Las dos nos necesitábamos de igual manera. Brotaron lágrimas saladas en aquel silencio, lágrimas de las que reconfortan. Sonó su nombre y se levantó de forma impetuosa. No hubo necesidad de hablar. Su piel... cálida aunque distante, frágil y fuerte. Ella se alejaba por aquel pasillo angosto. No miró atrás. No la volví a ver. Nunca sabré quién es pero la recuerdo cada día. Solidaridad. Sororidad.

Mª del Mar Ruiz Martínez, agosto 2021

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Un día. Repetir.

Un día. Repetir.

Despertarme, remolonear en la cama, oír a los niños gritar en su cuarto. Arrastrarme a por un café, inyectármelo, ver qué les pasa a los niños. Hacerles el desayuno. Hacer las camas. Ducharme. Intentar arreglar el estropicio de mi cara. Intentar arreglar el estropicio de mi pelo. Conseguirlo a medias. A medias es mejor que nada. Salir de casa con cinco minutos de retraso. Correr. Siempre. Acelerar, sortear, cambiar de carril. Odiar a todos los conductores. Mucho. Mirar compulsivamente el reloj. Intentar pararlo con la mente. Saber que llegamos tarde. Dejar a los niños. Solo dos minutos de retraso. No es para tanto.

Aparcar a seis calles de la oficina. Apretar el paso, sudar. El maquillaje se descompone, el pelo se rebela. Llegar hecha un cuadro. Recomponerme en el baño. Tomar otro café. Responder emails. Responder más emails. No conseguir dejar la bandeja de entrada vacía. Nunca. Reunirme con mi jefe. Agendar más reuniones. Aceptar más proyectos. Planificar. Resolver problemas. Resolver problemas irresolubles. Sonreír. Sonreír, aunque no me apetezca. Comer en la mesa. Cualquier cosa. Sin saborearlo. Con la cabeza en la lista de pendientes. Café, por favor. Doble. Pasar la tarde. Salir. Seguir. Las extraescolares. El gimnasio. La compra. La vida. Ir al quiosco. Comprar Clara. Visualizar ese momento. Mi momento. El sofá. Una copa de vino. El silencio. La Nada. Pronto.

Evie, julio 2021

 

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Mi clase

Mi clase

Llevo un tiempo dándole vueltas y por fin me he decidido. Es el momento perfecto para probar algo nuevo...Tengo tiempo, energía e ilusión. Una combinación que a veces es difícil de conseguir. Así que aquí estoy, decidida a probar esta nueva experiencia. Son las 11.00 de la mañana y es mi primera clase. Me noto expectante y a la vez contenta. La sala es espaciosa y con luz. Hay una agradable música de fondo. Me hace sentir bien desde el primer momento. El profesor vuelve a mirarme, serio, tranquilo y profesional. Está esperando pacientemente a que yo, su nueva alumna y única mujer, realice el ejercicio que me acaba de enseñar.

No lo recuerdo bien y me siento insegura ya que es una actividad muy diferente para mí y no estoy acostumbrada a estos movimientos. Así que titubeo y trato de esforzarme al máximo. Y ya empezamos con la técnica de las posturas de este arte marcial. Mis compañeros son más jóvenes que yo y tienen ya experiencia. Se les nota la confianza y desenvoltura que da la práctica. Y es que la curiosidad por aprender algo nuevo me ha puesto en esta situación. Y aquí estoy, a mis 45 años, aprendiendo Kung Fu, ante la mirada sorprendida y a la vez acogedora de mis compañeros, que con paciencia, me esperan para hacer el siguiente ejercicio juntos.

Elena García, julio 2021

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Vuelta a empezar

Vuelta a empezar

María se echó la mochila a la espalda mientras oía a lo lejos a sus hijos discutir por quién pagaba el bonobús. Que “podías habérmelo dicho ayer”, que “a ti es que te lo den todo hecho, niña” mientras se despedían de ella con un “hasta luego, mamá”, sin el beso que cada vez se les olvidaba más a menudo. María volvió a repetir un día más “un beso, ¿no?” pero ya habían cerrado la puerta al salir y no la escucharon. Pensó que últimamente eso era bastante habitual. Esperaba que los entrevistadores hoy estuvieran más predispuestos a escuchar que su familia. Rezó para que todo lo que quería decir saliera de su boca sin temblores en la voz, para que su cuerpo reflejara seguridad y aplomo. Reprodujo una vez más ante el espejo, mientras retocaba su maquillaje, esa sonrisa que llevaba tiempo guardada y que había vuelto a sacar del baúl de los sentimientos olvidados.

María se echó las dudas y los miedos a la espalda y salió de su casa rumbo a su primera entrevista de trabajo en casi 20 años. Por un instante recordó su último día de trabajo en la oficina de Don Venancio. Recordó aquella noche encerrada en el cuarto de baño, llorando a lágrima viva por lo culpable que se sentía al odiar a su madre por haber caído enferma y obligarle a abandonar su trabajo para cuidarla. Para cuando su madre dejó de luchar años después y cruelmente la liberó, se sintió en deuda con esos niños que casi desconocía, tan ensimismada en su dolor estaba. Y se empeñó en atenderles igual que antes a su madre, con una dedicación obsesiva y culpable. Sin embargo, el día, hace apenas un año, que, tonta ella, resbaló en la bañera y se rompió un par de huesos, se dio cuenta de todo. Su familia la cuidó y mimó como nunca había pensado. Empezó a sentir que los suyos la querían más cuando la necesitaban menos. Llegó al número 27 de la calle Blasco Ibáñez. Al cruzar el vestíbulo aparcó todos aquellos pensamientos antiguos, sonrió, alzó la cabeza y dijo a la recepcionista: “Buenos días, vengo por el puesto de trabajo que ofertan. Me están esperando.”

Lola González, julio 2021

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Imparable

Imparable

Por casualidad oí esa palabra y me llevó a decirme a mí misma: soy imparable. ¡Sí, eso es! Nunca me había parado a buscar una palabra que pudiera definirme y esta lo hacía perfectamente. Tenía que prepararme para una entrevista de trabajo. Había recopilado las típicas preguntas que podría esperar que me hicieran y entre ellas había leído: defínete en una palabra. Era una pregunta aparentemente sencilla, pero no para mí. Llevaba días dándole vueltas. Insegura, indecisa eran algunas palabras que me venían a la cabeza por sufrir el síndrome de la impostora. Ese síndrome que te hace creer que no te mereces los logros que has obtenido. Pero todas esas dudas se esfumaron en cuanto la oí. También se fueron esos nervios que me surgían desde el estómago hacía las extremidades y los sudores fríos.

Había recuperado la confianza en mí misma y todo encajaba en mi mente. Cogí mi portátil y abrí el archivo que contenía mi currículum. Leí el apartado de experiencia profesional que me había preocupado. Ahora ya era capaz de defender esos períodos que pasé sin trabajar, períodos de gran frustración en los que, a pesar de no lograr encontrar trabajo, aproveché para reforzar idiomas, colaborar en alguna ONG o ayudar a mi familia. Y todo porque así era yo: imparable.

Soraya Constán, julio 2021

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Refugio

Refugio

Llegó el día. El sol la deslumbraba a través del cristal del taxi. No le molestaba, al contrario, sentía ese calor recorriendo todo su cuerpo. María encaminaba un viaje a su nueva vida, a su ansiada y merecida vida. Volvió a mirar su destino y no podía despegar aquel papel de sus manos. Su refugio en un remoto pueblecito en la costa. Miró la casa y los recuerdos de la infancia volvieron a su mente: carreras por la playa salpicando agua en sus piernas o aquellas tardes sentada frente a su abuela escuchando los interminables y asombrosos relatos que tanto le gustaban. Sí, volvía a allí.

Después de cinco años de infierno, se acercaba su paraíso. Nunca pensó que su necesidad de rebeldía le costaría la pérdida de sus ideas o de aquella sonrisa eterna que todos envidiaban. Su autoestima había rozado el suelo y casi perdió la vida. Las cicatrices y dolores no iban a dejar que lo olvidase. Un hombre, si puede llamarse así, la había arrastrado a un mundo de dolor y angustia. Su luz se estaba apagando y las drogas y el alcohol no ayudaban. Pero ahora, la luz del sol la llevaba a su refugio a curar sus heridas y a esculpir su sonrisa. Quería volver a ser ella, volver a sentir los abrazos y a besar sin miedos. Volver a vivir.

Estrella Cogollos, julio 2021

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Almas gemelas

Cuando las dos nos juntamos es como si el mundo parase. El reloj se para y las horas vuelan, como volaban aquellos sueños que teníamos de pequeñas. Crecimos y dejamos atrás la niñez para convertirnos en las mujeres que somos hoy, y qué bonito fue andar ese camino en su compañía. Aún recuerdo aquel día en el que aprendimos a hacernos el rabillo del ojo o cuando se nos rompió un tacón y regresamos a casa entre risas y carcajadas. ¿Y aquella vez en la que nos contamos el primer beso?

El primer desamor, las primeras lágrimas, el primer paseo que dimos en mi moto y también aquel verano en el que estuvimos castigadas porque llegábamos tarde a casa. Cuando amanecimos en la playa después de salir a bailar toda la noche, cuando celebramos que terminamos las carreras o cuando me acompañó a elegir mi vestido de novia. Fue mi apoyo cuando me despidieron de aquel trabajo, recuerdo cómo dio luz a mis días más oscuros y me ayudó a hacerme cada vez más y más fuerte. Y  ella, sin saberlo, hizo magia. Si tú recuerdas todo eso, sabrás que hablo de ti, de mí, de tu amiga, de mi amiga, porque cuando la vida une a dos mujeres, una amistad se sella para siempre.

Isabel Moyano, junio 2021

 

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Madres e hijas

Madres e hijas

Te miro y estás sentada, encogida y pequeña en tu butaca de siempre, con la mirada eternamente triste, perdida, y siento que te quiero. Te miro y en tu actitud de insatisfacción permanente busco el freno de mis ilusiones juveniles, pero te quiero. Ahora volvemos a convivir con los papeles cambiados y es difícil, muy difícil. Cuesta mucho trabajo tirar hacia delante cuando tú solo quieres hundirte y dejar que todo acabe, pero créeme, lo intento con todas mis fuerzas. A veces pienso que sería más fácil abandonarme a la apatía y sumergirme contigo en un mar de tristeza y dejar que el tiempo sea algo que simplemente pase en el calendario, pero me niego, no quiero hacer eso.

Mamá, de verdad te prometo que te cuidaré hasta el final, pero no seré tu reflejo. No quiero mirarme al espejo y ver en mis ojos la oscuridad de los tuyos, no quiero perder mis ilusiones. No quiero subsistir, sino vivir, porque a pesar de todas mis frustraciones he aprendido que la vida hay que vivirla, apurar todos sus momentos y disfrutar de las pequeñas cosas, que serán los re- cuerdos que me ayudarán cuando sea yo la que ocupe la butaca dentro de unos años. Te quiero.

Mª Jesús Galán, mayo 2021

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La mujer del tren

La mujer del tren

Ahí está. Arreglada, con su precioso traje pantalón chaqueta. Con sus taconazos de ocho centímetros y su cabello negro recogido en una coleta alta perfecta y tensa. Imagino que cuando llega a su casa debe de dolerle la cabeza como mil demonios. Si ya a mí, que mi coleta no es ni la mitad de perfecta que la suya, me suele doler y necesito soltarme el cabello en cuanto cierro la puerta, ella debe de estar deseando cambiar de cabeza directamente. En fin, que ahí está, justo delante de mí, a dos vías de tren de distancia, tomando un café y leyendo un libro.

Parece tener uno distinto entre sus manos. Desde esta distancia me resulta imposible adivinar qué libros lee, pero sin duda, son interesantes, jamás aparta la vista de sus páginas, solo cuando llega el tren. La observo detenidamente y no puedo evitar preguntarme cuál será su nombre y por qué una mujer que, a priori, parece perfecta siempre luce una mirada pesarosa y jamás esboza ni siquiera una leve sonrisa. No sé, pero a pesar de envidiar su palpable belleza, su tipazo de infarto y sus ropas, zapatos y bolsos elegantísimos, algo en mi interior se entristece cada mañana al verla. Igual me equivoco –ojalá– pero no parece estar pasando por su mejor momento. Imagino que en este preciso instante, en el que yo me pregunto quién es y cuál será su historia, puede ser que ella solo esté pensando en cómo ser feliz.

Jennifer García Moreno, abril 2021

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relatos cortos CLARA

La abuela Rita

Invadida de una profunda nostalgia una lluviosa tarde de otoño, Marga sacó del armario el viejo álbum de fotos familiar. Lo abrió por una página cualquiera y fue a parar justo ante el retrato de su abuela Rita, casualidad o no. Apenas hacía dos meses que se había ido para siempre. Marga contempló el rostro, entonces joven y bello, de su abuela. Rita posaba con el uniforme de voluntaria de uno de los bandos de la cruenta guerra civil española. Para Marga era un orgullo que su abuela hubiera decidido colaborar en las tareas de ayuda y el cuidado de los heridos o en las labores de asistencia a los más necesitados, fueran del bando que fueran.

Aquella extraordinaria mujer jamás albergó sentimientos de odio a pesar de todas las atrocidades que tuvo que contemplar. La abuela Rita siempre decía que no había que abrir la puerta al odio, ya que este era motivo y causa de toda destrucción. Después de la maldita guerra, siguió con su labor benefactora, ya fuera ejerciendo de enfermera o de maestra, un título que se sacó con ciertas dificultades porque se topó con la oposición familiar. Su vida fue un modelo a seguir para su nieta Marga, doctora en pueblos y colaboradora en ONG. También sería un ejemplo para sus hijos y los hijos de sus hijos. Marga se encargaría de que el recuerdo de la abuela Rita no cayera en el olvido.

María Díaz Gómez, marzo 2021

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La mujer invisible

Ulfe era de pueblo, lista y ambiciosa. Quería comerse el mundo. Con tesón y firmeza, estudiaba para conseguir las mejores notas. Su familia a duras penas podía costearle los estudios. Tuvo becas desde la primaria hasta la universidad. Su profesora nunca creyó en ella y, aunque le dolía, esto le dio más fuerzas para seguir. Se fue a la capital del reino, como una caperucita. Se sentía importante aunque invisible. Consiguió dos carreras, un doctorado y quién sabe qué más. Alguien poderoso en esa capital apareció como un lobo, intentándose aprovechar de que Ulfe era de pueblo, pequeña, bonita y sencilla. Y, sobre todo, vulnerable.

Aunque ella se resistió, el lobo le robó su cesta de ilusión. Todo se derrumbó como un castillo de naipes. Ulfe regresó a su pueblecito. Y enfermó para después renacer. Se amaba y sabía en su interior que algo tenía que cambiar. Era poderosa, desplegó sus alas y aprendió a volar, a ver, a experimentar, a valorarse y todo el mundo se enteró de que era una mujer visible. Su abuela, su madre y otras tantas mujeres fueron las invisibles de la historia. Ulfe vino para decir que las mujeres sí somos visibles, somos parte del universo; de hecho, la mitad del universo. Somos, valemos, trabajamos, queremos y nos queremos. Valientes, duras y frágiles. Ulfe demostró que si creemos en nosotras todo es posible.

Julia Sánchez, febrero 2021

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Un café con sal

El joven se armó de valor e invitó a la chica que le gustaba a tomar un café. Ambos se sentaron en una bonita cafetería. Él estaba nervioso. El camarero les sirvió el café y de repente él le preguntó: “¿Me podrías traer un poco de sal?”. La chica se le quedó mirando extrañada. La cara de él se puso roja, pero aun así, puso sal a su café y se lo bebió. Ella le preguntó con curiosidad: “¿Por qué este hábito tan inusual?”. Tomó un par de sorbos y respondió: “Cuando era niño vivía cerca del mar, me recuerda a su sabor y a mi hogar”. Estuvieron horas charlando sobre su lejana ciudad natal y su infancia. Descubrieron que eran como dos almas gemelas que al fin se habían encontrado. Se casaron y vivieron muy felices.

Cada vez que él se hacía café, le ponía un poco de sal. Tras cuarenta años de matrimonio, el marido murió. Un día, ella encontró una carta de él que decía: “Querida mía, espero que me perdones. La única mentira que te dije en mi vida es: el café salado. Estaba tan nervioso en esa cafetería donde nos conocimos, que en vez de azúcar dije sal. He llegado a acostumbrarme al extraño sabor del café salado, ya no puedo tomarlo de otra manera. Tenerte conmigo ha sido la mayor felicidad de mi vida. Te amo”. A partir de entonces, cada vez que ella contaba la anécdota y le preguntaban qué sabor tenía el café salado, ella siempre respondía: “Es dulce”.

Julia Sánchez, enero 2021

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En la ciudad eterna

Cuando yo tenía catorce años, mis abuelos nos invitaron a toda la familia a un viaje a Venecia. Mi abuela siempre fue una persona de acción: ahora tiene más de noventa años y un alzhéimer tan avanzado que cuesta imaginar que la persona que se sienta hoy en el sofá recorrió media Europa, estrenando la libertad. Espero que, en algún rincón remoto de su mente, todavía se acuerde del valle de la Engadina. A mi abuelo, Pepe, no le gustaba mucho viajar, o solo le gustaba viajar a los escenarios a los que le transportaban las novelas de Delibes. Mi abuela solía echarle en cara: “Pepe, mira que me voy a morir con la espinita de que no conozcas Roma”.

Nunca conseguimos que mi abuelo fuese a Roma, pero en octubre de 2006, nos encontrábamos toda la familia García Moreno en el Piazzale Roma, contemplando el Gran Canal de Venecia. Me acuerdo de que mi abuela, en un momento dado, tuvo frío. Mi madre le prestó una sudadera de Pepe Jeans que había traído de Madrid. Me hace reír todavía lo ufana que iba mi abuela, una señora que nunca salía a la calle sin su traje de chaqueta, con una sudadera puesta por la Piazza San Marcos, mientras nos preguntaba a los nietos, señalándose el pecho: “¿Qué pone aquí?”. Ponía “Pepe”, y estoy segura de que Pepe, desde la città eterna, también se ríe cuando se acuerda de su groupie.

Elvira Atienza, diciembre 2020

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Dudas y una copa de vino

Había vuelto a soñar con él. Dormía junto a su marido, pero seguía soñando con aquel chico que la enamoró siendo una niña. ¿Qué habrá sido de él? ¿Cómo estará? Si le viera... Siguió deleitándose con su sueño, ya despierta. Igual es que ella no controlaba tanto su vida como pensaba y lo que le apetecía ese amanecer era, precisamente, desbaratarla. Esa noche, el matrimonio cenaba animado en la terraza de su casa, con una copa de vino. Ambos rozaban los cuarenta y eran conocedores de los pequeños grandes placeres de la vida. Entonces, ella sacó el tema de aquel chico. A él le sonaba la historia, la siguió escuchando y comiendo, sin más.

“Y como han pasado más de 20 años –continuó– me preguntaba cómo estaría y qué sería de él...” y hasta se sonrojó al admitir que verdaderamente sentía curiosidad por verle. En ese momento, él se incorporó y la miró con esos ojos pícaros que a ella la derretían una y otra vez y le medio sonrió con esa sonrisa hechicera que hacía que surgiera la de ella espontáneamente. Entonces contestó: “Qué elementa estás hecha, si te viera se volvería loco por ti”. A lo que ella se desarmó, “cuánto me quiere”, pensó, y se sintió hasta un poco ridícula. Soltó una carcajada, acercó su silla para estar más cerquita de él y también de las estrellas que se veían en el cielo oscuro, mientras se le fueron quitando las dudas.

Marta Guzmán, noviembre 2020

 

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Una rama de romero

Vivo en la zona de Jumilla, allí hay un monasterio muy bonito, con mucha historia. Es muy común que la gente suba caminando y ofrezca flores al Cristo del monasterio para pedirle cosas. De hecho, existe un refrán muy conocido que dice: “Si vas al monte y no coges romero, no conocerás a tu amor verdadero”. Un día subí al monasterio acompañada de mi madre, mi hermana y su pareja. No iba con la idea de pedir amor verdadero; era mi madre la que quería hacer una promesa por mí. Me habían detectado un bulto en el pecho, me acababan de hacer dos biopsias y mi madre pidió que saliera negativo. Gracias a Dios, nunca mejor dicho, el resultado fue negativo y me dieron el alta.

Pasado un tiempo, volvimos todos a subir al monasterio para llevar un ramo y así dar las gracias por la buena noticia. Cuando estábamos arriba, vimos una planta de romero y mi madre me dijo: “Mira, alguien ha pedido un amor, aprovecha y pide tú también”. Y así lo hice. Ese mismo día paramos en una cafetería de mi pueblo y, al entrar, escuché a un hombre hablando por teléfono. Hablaba en inglés, de Liverpool detecté. Se lo dije a mi cuñado y, ni corto ni perezoso, lo invitó a unirse a nosotros. Madre mía, todavía me acuerdo de ese día como si fuera ayer. Le di mi teléfono. Me contactó al día siguiente y ya llevamos dos años juntos. Y ojalá para siempre.

María Dolores Gómez, octubre 2020

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Coger el tren

Aligero el paso para entrar al andén, justo un par de minutos antes de que llegue el tren, lo suficiente para buscarlo mientras disimulo poniéndome los cascos... Ahí está, solo con mirarlo me pongo nerviosa. Me pregunto si hoy seré capaz de decirle algo... Tal vez... Mejor otro día... Me subo en el mismo vagón, pero mantengo la distancia para observarlo con tranquilidad, ¿a qué se dedicará? ¿Trabajará en un banco? Viste bien pero no con traje... No, espero que algo más interesante, ¿espía? Sonrío al imaginar que, en realidad, es un superhéroe, mi Bruce Wayne. No me doy cuenta de que ha llegado la parada en la que nos bajamos.

Rápidamente me pongo de pie para salir y me percato de que estoy justo detrás de él. Observo de reojo su móvil y veo que está escuchando uno de mis grupos favoritos: Arcade Fire. Podría aprovechar esta oportunidad para hablarle, nunca antes habíamos estado tan cerca. Se abren las puertas del tren y se pierde entre la gente. Al llegar al instituto, me dice el jefe de estudios que hoy se acaba mi sustitución, que mañana debo empezar en otro centro, así que tendré que coger otro tren para ir a trabajar. Semanas después, mis amigas y yo hacemos tiempo antes de un concierto. Vamos a tomar algo en un bar cercano. Me dirijo a la barra para pedir las cervezas y oigo un “¡hola!” detrás de mí, me giro y es mi Bruce Wayne.

Bárbara Vivas, septiembre 2020

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Sueños de azoteas

Ayer por fin se decidió y se acercó a la puerta de aquel piso cuya azotea lindaba con la del suyo. Tocó el timbre. Un aroma delicioso y familiar a almendras le embriagó. Recordó que todo había empezado cuando se mudó a aquel piso con azotea. Estaba cansado de las pastillas para dormir que no le hacían ningún efecto. Así que pensó que, cuando empezara ese calor sofocante, quizá una azotea podría ser su refugio en aquellas noches largas y amenazantes. Se sentaría allí a leer, a escribir, a ver la luna, a llorar..., todas aquellas cosas que mantenía guardadas. Quizá algún gatito le haría compañía.

Una de esas noches, mientras él estaba absorto en sus libros y otros pequeños tesoros, apareció por primera vez en la azotea contigua, junto con un olor a almendras que refrescó la noche reseca. Era morena, preciosa, sonriente y estaba en camisón. El pulso se le aceleró. No, no creía en fantasmas. Ella, sin hacerle caso, se dispuso a tender piezas de ropa y a mirar hacia él, riendo y hablando sola. Era una sonámbula y un alma gemela que tenía también el sueño perturbado y la mujer más hermosa del mundo. Durante las noches de seis semanas ella siguió subiendo y le sonrió mil veces sin verlo, mientras tendía la ropa y agitaba la melena. Hasta ayer, que se decidió a subir por la tarde hasta el piso de la azotea que lindaba con la suya.

María José Domínguez, agosto 2020

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Versiones del amor

Parece increíble que pueda echarte tanto de menos a diario a pesar de vivir contigo. Nuestras vidas cambiaron con la llegada de nuestras pequeñas. ¡Menudos regalos! No nos cansaremos de dar las gracias. Y con ellas, llegó también este juego de relevos mientras alternamos trabajos, cuidados de diferentes familiares y cansancio. Ya no hay un tiempo para nosotros. Mucha gente nos necesita y toca estar ahí. El amor en sus diferentes versiones. Supongo que podemos vivir esta danza tan loca llena de contrarritmos porque venimos de un paso a dos que forjó una buena técnica para asumir estas nuevas coreografías. Disfrutamos de dedicarnos mucha atención, escucha y bailes pegaditos.

Me hace gracia recordar cómo compartíamos confidencias y detalles del día a día. No te puedes imaginar la de pensamientos que tengo y que ya no te comparto. No me puedo imaginar la de experiencias, pequeños desperares, que estás viviendo y que no hay tiempo para compartirme. Hemos aparcado las largas conversaciones por las miradas cómplices, los guiños y los ánimos. Asumiremos, en un futuro, nuevas danzas y saldremos mejores bailarines. Te sigo disfrutando a través de las miradas de admiración de nuestras hijas, de las aventuras que me cuentan que vivís juntos. Te sigo viendo y sintiendo en cada ojera, en cada bostezo, en cada olvido y en todos tus esfuerzos por minimizar los míos.

Bea Peña, julio 2020

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Relatos cortos lectoras de CLARA

Todo lo que detesto...

Cada vez que cenamos brócoli una canción de Depeche Mode suena en mi cabeza: “Somebody”. No es ni mucho menos nuestra canción –esa que tienen muchas parejas–, tampoco es mi balada favorita, no sale en el anuncio de moda de la tele, pero cada vez que Mario prepara brócoli viene a mi pensamiento. Mario no me dice nunca que me quiere, pero el plato de verdura en la mesa le pone en evidencia. Aunque no lo verbaliza, sé que no le gusta, incluso lo aborrece un poco, pero lo prepara con toda la ilusión del mundo porque a mí me encanta y detesto cocinar. Mario hace ver que no es ningún sacrificio y engulle bocado tras bocado, es cuando me demuestra lo que realmente me quiere.

Por eso me recuerda a la estrofa de la canción “all the things I detest I will almost like”, que en español sería algo así como que todas las cosas que detesto incluso me gustarán. Y es que a veces, para amar a ese “somebody” (ese alguien), no hacen falta grandes gestos o demostraciones. Son los pequeños detalles, discretos y casi escondidos en nuestra cotidianidad, los que nos delatan: como brócoli porque te quiero, te lavo el coche porque no quiero que te estropees esa fantástica manicura y veo esa serie tan espantosa simplemente porque sale tu actor favorito, aunque lo deteste casi tanto como al brócoli. Como brócoli porque tú eres mi persona, mi “Somebody”.

Eva Núñez, junio 2020

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Amar en tiempos de coronavirus

Yo, que llegué nueva, tímida pero envalentonada, con miedo, pero emocionada. Preparada para enfrentar la época postuniversitaria en la gran ciudad. Tú, que llegaste desde un pueblecito italiano para revolucionar Madrid y vivir el ansiado Erasmus en España. Yo, que apenas tengo que coger un tren de dos horas para llegar, y tú, que tienes que recorrerte la preciosa Campania italiana para coger un vuelo Nápoles-Madrid. Y los dos, terminando en la misma casa. En los mismos bares. En los mismos platos de pasta infinitos que cada día aparecían encima de la mesa de la cocina. De nuestra casa. Porque te habrás ido, pero esta casa sigue siendo tan mía como tuya. Igual que esa guitarra que aún sigue haciendo eco en el pasillo, pero que ahora está delicadamente apoyada sobre mi ventana.

Porque es increíble que dos personas aparentemente tan distintas lograran coincidir en el mismo sitio, al mismo tiempo. Los dos con la misma idea de independencia, que finalmente se acabó convirtiendo en un amor correspondido maravilloso que les ha hecho trazar una conexión directa entre dos ciudades alejadas y completamente diferentes. Y ahora esta situación... Pero estoy muy segura de que, si lo superamos, si logramos combatir toda esta distancia y aliviar esta incertidumbre con recuerdos, fuerza y ganas, entonces podemos con todo.

Ana Arias, mayo 2020

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Derribando muros

Todavía hoy no me creo poder estar diciendo que estoy perdidamente enamorada de un hombre al que le parezco la mujer más bonita y sexy del mundo. Hace 5 años tuve un cáncer de mama por el que me extirparon los dos pechos. Mi marido en aquel momento no supo estar a la altura de las circunstancias y finalmente nos separamos. Mi autoestima se quedó a la altura del suelo. Mi gran temor al quedarme sola era que, si llegaba el momento de conocer a un hombre, le tendría que explicar mi enfermedad. Y, obviamente, ser capaz de saltar el muro sexual que yo misma me había puesto debido a no tener “dos tetas”. Un amigo mío sabía de mi enfermedad porque nuestros hijos mayores van juntos a clase.

También se había separado y una tarde quedamos para tomar un vino. En poco tiempo se convirtió en mi mejor confidente. Yo me ilusioné, pero le trataba como era, un amigo. Sin embargo, me demostró que quería ser algo más cuando una tarde de risas en el parque me miró, me sonrió y me calló con un beso. Él ya sabía de mis miedos y temores y sin darme cuenta me los había ido quitando todos con sus tiernas palabras y consejos. Me miraba con tanto amor que no hubo momento ninguno de duda o inseguridad cuando me desnudé por primera vez delante de él. Mirada que sigo viendo cada día después de dos años en los que no ha dejado de escribirme todas las mañanas un “buenos días, princesa”.

Begoña Pérez Sabroso, abril 2020

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Ser mejor contigo

Despierto y estás ahí, a mi lado, durmiendo plácidamente. Estás bocabajo. La verdad es que nunca he entendido cómo es posible dormir así, pero es tu manera favorita. Tienes la cara relajada, incluso hay una sonrisa que trata de abrirse paso entre tus labios. Justo ahí, en la comisura derecha de la boca, con ese gesto tan tuyo, con esa cara de pillo. Está amaneciendo y las gotas de la lluvia nocturna sobre el cristal reflejan los incipientes rayos del sol. No quiero hacer ruido, no quiero romperte la magia de los sueños que tienes ahora mismo en tu cabeza. Me he dormido de nuevo, no sé cómo ni cuándo cayeron mis párpados en el hechizo de Morfeo. Y ahora eres tú el que me recorre con sus pupilas. “¿Por qué me miras así?", te pregunto adormilada todavía. “No te miro, te admiro”, murmuras con tu sonrisa de pillo, que me tiene cada día más enamorada.

Me has traído el desayuno a la cama, con un café bien cargado acompañado de unas tostadas, como sabes que me gusta. Saboreo cada bocado, cada sorbo, me recreo en las sensaciones y tus ojos siguen cada uno de mis movimientos. Diez minutos más tarde, el océano entre mis piernas, enredadas en las tuyas, ha dado paso a las sábanas revueltas. Y aún me miras así, como el primer día que nos vimos en aquel bar de Madrid, junto a dos cervezas, con un par de sonrisas tímidas. Diez años después y no pensamos en soltarnos las manos. Soy sin ti, pero soy mejor contigo.

Sara Vega, marzo 2020

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Amor en la lluvia

María no se lo podía creer. Dudo entre acercarse o seguir andando. Finalmente se acercó..., llevaba tantos años sin ver ni saber nada de él. Juan había cambiado: 20 años, un matrimonio fallido y dos hijos no pasan en balde. Sin embargo, cuando empezaron a hablar fue como si volvieran a Bristol, ella, trabajando de au pair; él, intentando mejorar su inglés y trabajando como friegaplatos. Un tiempo donde se dejaron llevar por la euforia de estar en un país extranjero, donde no tenían que dar explicaciones a nadie, donde todo lo vivían con el entusiasmo y la inconsciencia de no tener responsabilidades. Un amor que fue creciendo entre pintas de cerveza, lluvia y un cielo casi siempre gris, pero no quisieron hablar de cuando se despidieron.

Cada uno volvió a su ciudad con la promesa de seguir en contacto e intentar verse una vez al mes. Promesas que se fueron diluyendo al retomar cada uno sus obligaciones. La distancia marcó el olvido, al menos para ellos. Y ahora, de repente, veinte años después, vivían en la misma ciudad. Con la madurez y serenidad que dan los años, decidieron quedar para comer, ¿por qué no? Y a partir de entonces, los encuentros fueron más frecuentes..., unas veces solos, otras con sus hijos... Se dieron cuenta de que segundas partes pueden ser buenas.

Sonia Navalón, febrero 2020

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Nos sobran besos

Me desvelo y noto tu ausencia en la cama. Te busco a tientas por el piso y te encuentro en la cocina en penumbra. No puedes conciliar el sueño y remueves con preocupación la cucharilla en el café. Te pregunto por aquello que te ha robado el sueño y te tiene en vigilia a esas horas de la madrugada y me contestas con voz temblorosa y los ojos cargados de lágrimas: estamos a primeros y no llegamos a fin de mes. Te abrazo, te doy un beso en esa cabecita tuya, tan llena de preocupaciones, y te digo: no amor, te equivocas. Son las facturas, los gastos, los sueldos... los que no llegan a fin de mes. Me miras extrañado, como si no entendieras dónde quiero ir a parar.

Prosigo diciéndote con todo el sentimiento: nos sobra una cantidad inagotable de besos, caricias que te hacen olvidar días pasados, millones de recuerdos aún por crear. Risas para cien vidas y charlas para otras tantas más. La familia que te quiere y los amigos que son familia. Aquí vamos sobrados de tequieros y de me hacesfalta. Alegrías que compartir e intimidades que gastarnos. Juntos suben nuestros activos. El balance siempre es en positivo e, incluso en estos tiempos de crisis, nuestro amor es un valor en alza. Lo nuestro, vida mía, sí llega a fin de mes.

Carmen Briz, enero 2020

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...y perdió las huellas dactilares

Mi abuela no tiene huellas dactilares. Ella nunca se quedó las manos ni sufrió ningún accidente. Ni siquiera sabía que las había perdido. Normal, las huellas no son esenciales ni algo en lo que pensemos todos los días. Las perdió. Y descubrió que las había perdido cuando fue a hacer algo tan rutinario como renovarse el DNI. “Señora, presione aquí con el dedo”, le dijeron, y los pequeños surcos que antes ocupaban toda la yema ya no estaban donde solían estar. Preocupada, esa misma mañana me contaba que no sabía cómo habían desaparecido, no recordaba cuándo sus manos dejaron de tener identidad. Yo sonreí, porque sí conocía por qué no estaban donde debieran.

Mi abuela no tiene huellas dactilares porque ha acariciado mucho: a su marido, a sus hijos, a sus nietos, a sus amigos... Ha perdido esos pequeños surcos porque ha viajado por todas partes, tocando la nieve, dejando pasar entre sus dedos la arena de Ecuador, mojando sus manos en las aguas de Miami... Ha conocido a muchísima gente y siempre ha aceptado con el pulgar las llamadas de teléfono. Sus huellas dactilares se han perdido porque ha abierto infinitas veces el pomo de la puerta, dejando pasar a todo el que lo necesitaba. Sus yemas están vacías porque ha trabajado mucho cada día, limpiando concienzudamente, mecanografiando, dando la mano... Ella estaba muy preocupada por haber perdido las huellas dactilares, pero yo no paraba de pensar que, si es a causa de vivir tan intensamente, ojalá yo pierda también las mías.

Carmen Gómez Alonso, diciembre 2019

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Me gustas tanto que...

Me gustas tanto que necesito espacio libre en mi mente, en mi alma, así que he decidido borrar algunas cosas, como cuando limpio la memoria de mi móvil. He olvidado el apellido de la primera chica que besé, los ríos y afluentes de la península ibérica, la lista de los reyes godos. También he borrado a la profe de sexto de la que me enamoré y ya apenas recuerdo a la primera novia que tuve. Me gustas tanto que ya no me apasionan las torrijas, ni la Champions. Porque necesito espacio y se me antoja pequeño este cuerpo mío para albergar todo lo que te puedo querer. Necesito espacio extra para tus sonrisas, tus muecas, tu naricilla respingona. Me gustas cuando estás tranquila, ensimismada y te giras al notar mi mirada. Me gustas alegre y risueña, con carcajadas terribles, que no son concebibles en alguien tan delicado. Yo quiero que seas mi guerrera, mi capitana, la que me rescata de mis días grises, de mi mal humor, la que siempre me infunde ganas, mi aliento, mi motivación.

Voy a dejar una parte cifrada de nuestra intimidad, de esas cosas que solo tú y yo sabemos, de eso que nos decimos al oído. Dejaré hueco para nuevas imágenes, palabras, besos, recuerdos..., quizá tenga que borrar mucho más. Me da igual, como si borro mi pasado entero, eso ya no importa, no sabía que tú tenías que llegar. Me pueden dejar de gustar los berberechos, las noches de fiesta, el ron, las madrugadas, porque sé que nada me va a gustar más que tú. El día que te vi supe que me gustabas. Todo junto a ti me sabe mejor y lo disfruto más.

Karmen B., noviembre 2019

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Carga mental femenina

Últimamente me ha dado por pensar en el concepto carga mental femenina. El otro día, cuando volvía a casa, recordé que al día siguiente era mi cumpleaños y que, si quería una pequeña celebración, tendría que avisar a mi marido de ello. ¡Vaya! A veces siento que no puedo parar de pensar en las cosas que hay que hacer y que mis dos manos no son suficientes. Lo he hablado con alguna amiga, y coincidimos: nosotras nos encargamos más de las tareas de casa. Somos previsoras, organizadas, vemos cosas que ellos —generalizando— no ven. Y si queremos contar con su “colaboración”, hay que avisarles, recordarles, sugerirles. Pero como bien dice Jennifer Lopez, no somos sus madres ni aspiramos a serlo.

Tenemos derecho a poder delegar en nuestros compañeros las tareas que nos atañen a ambos. Ahora bien: ¿tenemos derecho a exigir para nosotras el nivel mínimo de compromiso que tienen ellos o deberíamos exigirles nuestro altísimo nivel de responsabilidad? No tengo respuesta, pero mientras él llegue a casa del trabajo y se estire en el sofá para ver su serie favorita, yo haré lo mismo. Y que el detergente se quede sin comprar, los platos sin fregar y la ropa sin planchar... ¡Pero a Netflix pongo por testigo que nunca volveré a dejar una serie sin terminar!

Cintia C., octubre 2019

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La reflexión del mes

Todo va muy rápido. Vivimos en la cultura del ahora, del ¡ya! Es el fast food, y no solo en comida. Está llegando a todos los ámbitos de la vida. Quería ver una película y, al no ir la semana del estreno, sino intentarlo un mes más tarde, ya no encontraba horarios. ¿Cómo puede ser? Si hablamos de libros, la rotación en las librerías es tal que si has leído una reseña en el periódico y no corres a comprar el libro en cuestión, puede que ya no lo encuentres si no es online (y eso con suerte). Y esto se puede trasladar a la moda, con las colecciones cápsula, las que duran nada y menos... ¿Cómo puede ser que hayamos convertido la cultura en algo de usar y tirar? ¿Qué es este o lo tomas o lo dejas? Ni mi agenda me permite ir cuando quiero al cine ni me apetece correr a por la última novedad.

Me gusta recorrer las librerías con tiempo, llevando recomendaciones en el bolsillo, pero dejándome “asaltar” por los comentarios de las cubiertas, textos a veces más sugerentes que lo que encuentras dentro, pero que me tientan. Cumplo cada día con el tiempo que me imponen: el reloj que suena para llevar a los niños al cole, correr al trabajo, volver para la cena... Para mi ocio, quiero disponer yo del tiempo. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué también esto tiene que estar tan pautado? Luego se extrañan de que triunfen las plataformas para ver televisión o cine online. Pero es de lo poco que puedes amoldar a ti y no al contrario.

Carmen V., septiembre 2019

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