Ser feliz

Rafa Santandreu

Soy psicólogo por la Universidad de Barcelona y me dedico al trabajo con pacientes, a la formación de profesionales de la salud y a la divulgación de la psicología dando conferencias. Soy autor del best seller “El arte de no amargarse la vida” y de "Ser feliz en Alaska", mi último libro. Desde aquí, cada semana responderé a vuestras consultas. ¿Mi objetivo? Que podáis ser felices en cualquier situación, incluso contra viento y marea.

No tiene sentido

Cómo no ponerse siempre en lo peor

Hay personas que ante una situación determinada suelen imaginar el peor de los escenarios, para que al final, si sale mal, ya estaban preparados. ¿Te suena esta actitud?

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Rafa Santandreu

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como no ponerse en lo peor

A veces se razona de esta forma para sentirse más seguro, como para prepararse y así pasarlo menos mal. De hecho, hay hasta un refrán que lo apoya “Piensa mal y acertarás”; y bajo este lema, se justifica lo bueno de pensar así, como si una persona fuese más responsable o precavida simplemente por esta razón.

Un sistema de autoprotección poco funcional

Recuerdo que tuve un compañero de piso que después de cada examen siempre decía que iba a suspender; decía que así se mentalizaba y si aprobaba, se llevaba una alegría, y si no, pues ya se había hecho a la idea. Es decir, se convencía de que pensar de forma negativa le ayudaba. La verdad es que nunca le entendí, me parece un razonamiento absurdo, porque te hace pensar y mantener una actitud derrotista, poco funcional y resta tiempo de disfrutar.

Es como salir con paraguas por si llueve y luego nunca lo usas, y vas cargado con el paraguas a todas partes. Es un coñazo, casi que uno prefiere no tener que llevarlo. Si llueve, pues ya se verá.

Es más efectivo pensar de un modo más objetivo

Pensar de forma negativa no protege, no mejora nada y tampoco hace que uno viva mejor lo que no le gusta. Es más, ya se ha añadido un rato de malestar al razonar así.

Creo que lo mejor es que te entrenes en pensar racionalmente, es decir, de forma realista. Y sobre todo, resulta muy útil aprender a diferenciar lo probable de lo posible. Yo, es un argumento que uso a menudo, y me ayuda muchísimo a no terribilizar, es decir, a ponerme en lo peor.

Por ejemplo, puede llover, pero ¿es probable? Es mejor tomar decisiones según la probabilidad ya que realmente todo es posible.

Es cierto que puede pasar todo aquello que te imaginas de forma terrible, pero ¿es probable? Y si fuese así, ¿sería tan horrible? No es tan dramático suspender un examen, o mojarse, o incluso que alguien no sea como esperas.

No lo puedes controlar todo, es mejor asumirlo

Creo sinceramente que te sentirás más segura si te convences de que pensar de forma negativa es absurdo, no previene ni mejora. Emplea tu energía en aprender a pensar en la dirección adecuada: no se puede controlar lo que sucederá, ni el clima, ni a los demás.

Y lo más importante, si sucede lo que temes, es altamente probable que puedas aprender a vivir con ello. Pero hay personas que a menudo dicen que no lo pueden controlar, que lo primero que piensan es siempre lo peor.

3 claves para no ponerse siempre en lo peor

  1. Ponte en lo mejor. Cuando empieces a pensar en lo que puede salir mal, para y dale la vuelta a positivo.
  2. ¿Y si sale mal? Asúmelo, porque todo no sale bien siempre. Mira si puedes minimizar las consecuencias y, si no, acéptalas.
  3. No es automático. Cambiar lleva su tiempo. Si te cuesta, no te rindas y sigue intentándolo.

Un caso de que cambiar el discurso interior es posible

Por ejemplo, la panadera de mi barrio nunca fiaba a nadie. Decía que ya le había pasado más de una vez que la gente después no le pagara, y que estaba harta, que aunque tuvieran cara de buenas personas no se fiaba, que mucha gente era en realidad lobos con la piel de cordero.

Una vez le pregunté si vivir así le hacía más feliz y me dijo que no, pero que se sentía más segura. Le propuse un ejercicio: cultivar el realismo optimista. Durante dos semanas tenía que fiarse de todo el mundo, creer en lo bueno de la humanidad y pensar que le pasaría lo que le tuviera que pasar.

La idea era que pudiese conectar con la seguridad y no estar con tanto miedo. Me miró desconfiada y con el morro torcido, pero Rosa no se resiste a un reto, así que aceptó. A las dos semanas volví y me confesó que al principio le había costado mucho cambiar de actitud, pero que fue pensando en lo que le dije; y al final, siempre pensaba que era posible que no le pagasen pero que prefería creer que era mucho más probable que sí lo hicieran.

Se encontró fiando a más personas y, sobre todo, sonriendo más. Rosa en poco tiempo cambió mucho. Eligió ser realista. No todo el mundo le paga, pero se siente menos enfadada y más conectada.

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