Ser feliz con Rafa Santandreu

"Mi trabajo me estresa"

Solo puedes disfrutar de aquello de lo que puedes prescindir. ¿Quieres trabajar feliz? Aprende a imaginarte perdiendo el trabajo sin que eso te agobie.

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Soy directiva de una empresa de seguros y hace poco que me han ascendido. Desde entonces, me estreso mucho. No duermo bien y los fines de semana no logro desconectar. ¿Cómo podría disminuir el estrés?

El 80% del estrés que experimentamos nos lo provocamos nosotros mismos con nuestro pensamiento neurótico. La prueba es que diferentes empleados tienen diferentes niveles de estrés –incluso ninguno– en el mismo puesto de trabajo.

Para dejar de sentir ansiedad de rendimiento, que es como llamamos al estrés en psicología, tenemos que dejar de darle tanta importancia a lo que hacemos. Cuando nos estresamos, le estamos dando una relevancia loca a lo que tenemos entre manos. Pensamos que fallar “sería el fin del mundo”, que no nos podemos permitir que nos despidan o que la gente sepa que somos inadecuados para un puesto determinado.

Pero piénsalo bien: ¿tu valor como persona depende de ser una buena directiva? ¡Ni de coña! ¿Los seguros son tan esenciales para la humanidad? ¡Para nada! Si te despidiesen, ¿podrías encontrar otra cosa diferente y ser feliz? ¡Claro que sí!

Vencer el miedo a perder el trabajo

Existe una máxima en psicología cognitiva que dice que “solo podemos disfrutar de aquello de lo que podemos prescindir”. Eso significa que si quieres gozar de tu trabajo, tienes que vislumbrar la posibilidad de perderlo sin ponerte nerviosa. De lo contrario, experimentarás demasiado apego, demasiada tensión, fruto del temor a que te echen.

Hace un tiempo, cuando iba a mi consulta todas las mañanas en bicicleta, hacía la siguiente meditación: “Rafael, si no pudieses ejercer de psicólogo nunca más… ¿podrías ser feliz?”. Mi respuesta inmediata era: “¡Sí!”. Y continuaba preguntándome: “¿Qué harías para conseguirlo?”. E imaginaba hermosas posibilidades como “vender frutas y zumos en mi propia cafetería de comida sana”.

Cada día, durante esos 20 minutos de pedaleo, visualizaba profusamente una de esas opciones hasta que, finalmente, llegaba a mi consulta casi con ganas de dejar de ser terapeuta. Entonces, estaba preparado para empezar mi jornada sin apegos tontos: sin miedo a perder nada, propulsado solo por el disfrute.

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