Ser feliz con Rafa Santandreu

"Mi hija es muy vergonzosa"

La vergüenza o el excesivo temor al ridículo nos puede limitar mucho la vida, así que cuanto menos vergonzosos seamos, ¡mucho mejor!

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Te escribo porque mi hija, de 15 años, es tímida y muy vergonzosa. Y la cosa es que su padre también lo es; de hecho, se parece mucho a él. A mí me gustaría ayudarla a soltarse porque sé, por mi marido, que este problema puede hacer la vida muy difícil. Por ejemplo, jamás ha levantado la mano en clase; si tiene que hacer una exposición, ya se pone nerviosa dos días antes; a los chicos, ni se acerca…

Este es un tema bastante importante en psicología, porque cuanto menos vergonzosos seamos, ¡mejor! La vergüenza o el excesivo temor al ridículo nos puede limitar mucho la vida. Por ejemplo, a la hora de encontrar pareja; de ascender en el trabajo; de relacionarse con los amigos; ¡hasta de hacer el amor!

Yo he conocido a muchas mujeres que, por excesivo pudor, han tenido relaciones sexuales muy limitadas con sus parejas. Y no te digo nada ya de las personas que tienen una cosa llamada “eritrofobia”, o miedo a ruborizarse. ¡Lo pasan fatal!

Por lo tanto, cuanto menos vergüenza tengamos, mejor. Yo, por ejemplo, en la actualidad, soy muy “sinvergüenza”, y ni te imaginas lo bien que estoy así: puedo ser yo mismo en todo momento.

Para conseguirlo, lo que hay que hacer es convencerse –en profundidad– de que todos los seres humanos somos iguales. A mí me gusta decir que todos somos “indios del Amazonas”, que en realidad deberíamos ir desnudos y dedicarnos a cazar, recolectar y poco más. En la actualidad, vamos con trajes y vestidos caros, pero todo eso es una fachada. No somos más que hermanos en un mundo hermoso en el que cooperar. Todos tenemos fallos, enfermedades… y cosas maravillosas también, sobre todo cuando amamos a los que tenemos cerca.

La vergüenza tiene mucho que ver con nuestro sistema de valores. Yo estoy muy convencido de que el valor de las personas está en nuestra capacidad de amar la vida y a los demás. Todo lo demás: la inteligencia, la belleza, la eficacia, etc., no me importa. Son cualidades bastante anecdóticas: no dan la felicidad, por mucho que lo parezca.

Por eso no tengo ningún temor a fallar. No creo que nadie pueda hacer el “ridículo”, porque no hay ridículo que valga. Todos somos iguales.

Por ejemplo, si un día me caigo sobre una mesa en un restaurante… ¿Qué pasa? ¿Es que alguien está libre de esa posibilidad? Solo un loco podría pensar que a él no le puede suceder eso. Pues me levantaré, me limpiaré y me reiré de mi caída, pero nada de vergüenza, porque eso le puede pasar a todo el mundo.

Por lo tanto, mi consejo es que le hables a tu hija de estos conceptos:

  • Todos somos iguales en este mundo.
  • El único valor importante es la “capacidad de amar a la vida y a los demás”.

Hablad frecuentemente de ello. Muéstrale ejemplos de tu vida cotidiana en los que fallas en público, pero transmítele que te da igual. Poco a poco, irá haciendo suyas estas ideas y, de repente, se dará cuenta de que la vergüenza ha menguado como la nieve en verano.

Recuerda que la psicología cognitiva se basa en cambiar nuestros pensamientos para transformar nuestras emociones. Es nuestro diálogo interno lo que nos suscita temor, ansiedad, ira o vergüenza. Si vas educando filosóficamente a tu hija, su mundo emocional cambiará también. Acumula argumentos anti-vergüenza y ve hablándole de ellos. Cuanta más concienciación, más profundidad de convencimiento y mayor el efecto emocional.

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