Es el tercer lunes de enero

Blue Monday o por qué tenemos derecho a estar tristes

Parece que en el día más triste del año tenemos la obligación de ser felices y convertirlo en una jornada de alegría desmedida y positivismo enfermizo. Tienes derecho a estar triste en el Blue Monday, te lo has ganado.

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Según una fórmula matemática elaborada por vete a saber quién (Cliff Arnall, para más señas), el tercer lunes de enero es el día más triste del año. Por si no tuviéramos bastante con Cyber Mondays y Black Fridays, donde el consumismo alcanza cotas insospechadas, ahora, después de todo el percal navideño, toca ponernos tristes.

Ya me perdonarás, pero a mí, que me digan cuándo tengo que estar triste, pues… como que no va conmigo. Acabo de ponerme a dieta, me he apuntado a un gimnasio lleno de tíos cachas que hacen ruidos raros y he dejado de fumar. Como comprenderás, un día se me queda corto, estoy más bien en modo Blue Week.

Durante estas semanas empezarás a recibir emails sobre “cómo superar el día más triste del año”, así que te recomiendo que ni los abras. Porque, querida, tienes derecho a estar triste un día, has pasado mucho estrés en Navidad, has aguantado a tu cuñada malvada, has pillado dos kilos sin querer y, encima, aún tienes que desmontar el árbol. Créeme, si quieres estar triste, no hay mejor día para estarlo que en el Blue Monday.

Seguramente los emails y whatsapps estarán llenos de florecitas, ardillitas y colores pastel. Un título bien grande te asegurará que, si sigues sus consejos, convertirás tu Blue Monday en una suerte de Pink Monday y pasará a ser el día más feliz y alegre del año. Pues mira, no. Hoy quiero tener un día triste y encerrarme en casa sin salir. Quiero llorar, gritar, reír, volver a llorar, comer patatas fritas y ver Love Actually.

No quiero ponerme una playlist alegre ni darme un capricho. Quiero poder zamparme un bote de helado en pijama y repasar mentalmente (y con odio) todas las frases cuquis de amor y felicidad que irán apareciendo en mi timeline de Facebook.

Obviamente, hoy NO quiero hacer deporte ni me apetece un cambio de look. Mi desayuno no llevará fruta, copos de avena ni leche desnatada. Bajaré arrastrándome en chándal hasta la panadería más cercana y me llevaré todos los mini cruasanes de chocolate que tengan y, si me apuras, ¡también los de crema!

Después de todo el estrés de la Navidad, me he ganado un día para mí misma y nadie va a decirme si será azul, verde o rojo. Ya mañana, si acaso, volveré a ser yo, pero por ahora, voy a quedarme en el sofá.

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