Alimentación

Verdades incómodas...

¿Sabemos realmente lo que comemos?

Descubre algunas prácticas que la industria alimentaria lleva a cabo y que quizá no conozcas. Te contamos cómo se hacen algunos de los productos que consumimos habitualmente.

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¿Sabes que el zumo recién exprimido del súper puede tener 2 años? ¿O que no todo lo que parece yogur, lo es en realidad? Puedes estar muy segura de lo que comes, pero es probable que te sorprenda cómo se hacen los productos que consumes. Te desvelamos algunos secretos que la industria alimentaria no te cuenta para no incomodarte.

¿Sabes que el zumo de naranja recién exprimido puede tener 2 años?

Aunque leas en la etiqueta que el zumo de naranja está “recién exprimido” y es natural, puede llegar a tener unos dos años de vida; y además se le habrá añadido alguna sustancia para conservarlo. Cuando se preparan los zumos en las fábricas, se exprimen en grandes cantidades. Para que no se estropeen los calientan a 95º unos segundos. Después, les añaden nitrógeno para contener la oxidación. Todos estos litros de zumo se almacenan en enormes tanques y permanecen ahí hasta que se envasan.

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¿Qué llevan las salchichas de frankfurt?

De todo, y muy poca carne. Contienen almidón para darles volumen, proteína de leche, nitrato de sodio (E251), un conservante para evitar que se pongan grises; polifosfatos (E452), para prevenir la acción de las bacterias, y ácido carmínico (E120) para realzar el color. Pero el porcentaje de carne es muy pequeño y no es de la mejor calidad.

Suelen fabricarlas con restos de la carne del cerdo (lo que sobra tras hacer jamón, chuletas y beicon) y con las carcasas y vísceras del pollo. Todo ello se tritura, se mezcla y la pasta resultante se cuece en unas cubetas, para después darle la forma deseada y envasarla.

¿Es yogur lo que estás tomando?

La ley permite que se denomine yogur a productos que no llevan bacterias activas, precisamente los microorganismos que hacen de este producto un alimento saludable para la flora intestinal. Por eso, el más recomendable es el tradicional, aquel que se ha elaborado a partir de la leche pasteurizada previamente, que se fermenta y que sí contiene bacterias amigas. Pero estos “bichitos” no son inmortales, y su fecha de caducidad puede ser incluso anterior a la del envase.

¿Cómo sé si contiene “bichitos”? Muy fácil. Haz tus propios yogures. “Cuando la leche cuaja es que los microorganismos están vivos y activos”, explica el biotecnólogo y miembro del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Miguel Mulet. Para prepararlos, necesitas un vasito de yogur natural y un litro de leche. Mezcla los dos ingredientes en un cazo, ponlo en el horno a 40º y déjalo cuajar entre 8 y 10 horas. Si lo quieres más espeso, añade leche en polvo a la mezcla.

¿Todos los salmones ahumados son iguales?

No. Cuando vayas a comprar salmón u otro producto ahumado, revisa la etiqueta y el precio. Si se ha ahumado de la forma artesanal (con salmuera y quemando maderas), se encarecerá el producto. Si es más barato puede que el ahumado haya consistido en la inyección de una sustancia química, el aroma a humo.

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El aceite de nabina esconde al de colza

Muchas de nosotras no compraríamos aceite de colza porque lo asociamos al grave problema de salud que causó su adulteración en los años 80. Pero en realidad se trata de un aceite muy nutritivo y nada peligroso. Como la industria alimentaria sabe que saltarán las alarmas si lo ves escrito en la etiqueta, “prefieren poner grasas vegetales o aceite de nabina, que es lo mismo”, explica el experto Juan Revenga.

¿De qué son los palitos de cangrejo o las gulas?

La pasta con la que se elaboran estos productos se denomina surimi (en japonés significa músculo de pescado). Esta pasta se hace con carne de cefalópodos (calamares, sepia...) y pescados blancos. Todos estos productos se lavan, se desmenuzan y se mezclan con otros ingredientes, como sal y fosfatos para conservarlos. También se les añade almidón, clara de huevo y otros aditivos para darles textura y sabor. La masa se moldea. Una vez preparada, se le da la forma del producto deseado. Posteriormente, a los palitos de cangrejo se les añaden colorantes naturales para que tengan ese tono anaranjado característico del cangrejo; y a las gulas se les agrega tinta de calamar para simular la veta de la angula, que además les da más sabor.

¿Cómo se obtiene ese bonito color rojo?

Algunos productos deben su color rojo intenso a un colorante, el ácido carmínico (E120), que se produce aplastando insectos como la cochinilla. Los dulces, algunos refrescos, las bebidas de frutas, los chicles, las sopas deshidratadas, los batidos, pasteles, incluso el jamón york pueden contenerlo, según explica Daniel Tapper, autor del libro Food Unwrapped. ¿Es peligroso? Puedes estar tranquila porque “se trata de un colorante natural totalmente inofensivo y que se ha utilizado durante muchos siglos”, según asegura Mulet. Además, no es el único insecto que se utiliza en la alimentación.

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¿Y ese delicioso aroma a vainilla?

De la planta de la vainilla no, porque es escasa y muy cara. De hecho, lo más habitual es que se trate de la vainillina, un aroma fabricado en laboratorio a partir del guayacol, un fenol que viene de la bencina (éter del petróleo). La industria alimentaria también utiliza el castóreo, una secreción de unas glándulas que el castor tiene cerca del ano y que, debido a la dieta del animal, tiene un aroma parecido al de la vainilla.

¿Qué llevan las chuches?

Petróleo, no. Tampoco plástico, pese a que se trata de un mito extendido. Las gominolas están hechas, sobre todo, de azúcares y jarabes de glucosa (que se extrae de la remolacha, el coco, la palma o el maíz). Además, se les añaden sustancias gelificantes para que tengan esta textura gomosa tan particular. Estas provienen de cartílagos, pieles de animales o de pectinas de la fruta. También contienen colorantes y otros ingredientes como cera de abejas para que no resulten demasiado pegajosas.

¿Y qué pasa con las galletas?

Incluso las que están avaladas con el sello de una sociedad médica contienen ingredientes que los más pequeños no deberían consumir. Algunas de ellas están hechas con aceite de palma, una grasa barata que se utiliza para hacer bollería industrial. Contienen una gran cantidad de azúcar y son muy calóricas, por lo que no es recomendable que los niños las tomen a diario. Si te animas, prepáralas tú misma, controlarás mejor los ingredientes pero es mejor tomarlas de vez en cuando.

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¿Y los alimentos para bebés?

Los pediatras recomiendan no dar azúcar a los bebés hasta que cumplan un año, pero los potitos llevan azúcar y sal para hacerlos más apetecibles al paladar de los niños. Las cantidades están dentro de los márgenes que establece la directiva europea. Una cantidad elevada de azúcar en su dieta hará que se acostumbren a este sabor y condicionará sus preferencias. También hay galletas que se venden para bebés de 4 meses que contienen azúcar y aceite de palma.

¿Es mejor tomar alimentos “sin” o “bajos en”?

Cuidado. Por ejemplo, en el caso de los alimentos bajos en grasas se les añade azúcar y sal para compensar la ausencia de grasa. Es el caso del jamón o del pavo light. Para que un producto sea “bajo en grasas” debe tener menos de 0,1 g de grasas trans y menos de 1,5 g de grasas saturadas.

Lo mismo ocurre con los alimentos “bajos en azúcar”, ya que su contenido en grasa será mayor, por lo que, aunque sean 0% azúcar, serán igualmente calóricos. Para que un alimento sea realmente “light” debe tener un 30% menos de calorías que el original.

Si buscas un producto bajo en sal, debes fijarte en que contenga menos de 120 mg; aunque si lo que quieres es que sea “sin sal”, la cantidad debería ser de menos de 5 mg. De igual manera, si quieres un alimento rico en fibra, fíjate solo en aquellos que tengan 5 g o más.

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